Alrededor de 50 mujeres y algunos varones de diferentes puntos del país se reunieron ayer en la sede de Conventuales, en Montevideo, para participar en el taller “Mujeres y agroecología”, que organizó el Centro Uruguayo de Tecnologías Apropiadas (Ceuta), con el apoyo de Slow Food, la Red de Semillas Nativas y Criollas y el Centro Emmanuel. El encuentro apuntó a intercambiar experiencias de mujeres y su rol en la agroecología.

“Tenemos dos cosas en contra: somos mujeres y somos agroecológicas”, planteó al inicio del taller Raquel Malán, ingeniera agrónoma del Centro Emmanuel, institución ecuménica que hace 20 años comenzó a transitar el camino de la agroecología en la granja ubicada en Colonia Valdense. Se refería a la sensación que la ha invadido en reuniones de la Mesa de Desarrollo Rural del este de Colonia, a la que asisten directivos de las cooperativas agropecuarias, todos hombres. “Es complicado y hay momentos en que uno siente ‘¿por qué estoy acá?’”, dijo. Hace poco empezó a participar un grupo de mujeres rurales, pero en un mundo “masculino” en donde prima “lo químico” a la hora de producir, el intercambio, explicó, se les hace cuesta arriba. Según Malán, la agroecología “no es solamente no agregar químicos”, sino que implica cuidar la naturaleza y asumir que los humanos no podemos hacer lo que queramos; resaltó que “lo más importante es el trabajo con el otro y la otra”. Alertó a tener cuidado, porque así como muchas veces las mujeres son discriminadas y no se animan a hablar, ocurren situaciones similares al revés: hay hombres que en reuniones dicen “yo vine con ella” y no mucho más.

La intervención de Gabriela Carrier, del colectivo La Pitanga, que trabaja temas de género y violencia desde hace más de diez años en el entorno del barrio montevideano Villa García, le contestó: “No somos mujeres contra hombres, estamos hablando de un sistema de ideas que viene acompañando la cultura, la historia, y que plantea que hay un dominador y un dominado, que hay un patrón y un empleado, un médico y un paciente, un hombre que tiene privilegios y una mujer que tiene que estar sometida”, dijo, puntualizando que es necesario ponerse “los lentes de género, porque si no, miramos la realidad distorsionada, no podemos entender lo que pasa, decimos que hay igualdad y eso no es cierto”. Así como ella, Laura Marrero, del programa Género y Cambio Climático de Ceuta, reforzó la idea de que el feminismo es la “lucha por la igualdad de género”, y mencionó al ecofeminismo, que sostiene que “el sistema patriarcal ha sido muy funcional al sistema capitalista”, en el que hay “alguien al servicio del otro”.

Ana Mirelles, del Centro Ecológico, una ONG de Rio Grande do Sul, expuso sobre la experiencia de su organización, que es parte de la red Ecovida. El Centro Ecológico comenzó a cruzar cuestiones de género y agroecología hace más de una década, pero todavía siente cierta debilidad en esa articulación. Dijo que es un desafío ampliar la participación de las mujeres, discutir las relaciones de poder, unir los espacios de género y producción y dividir de manera justa el trabajo doméstico. Para forzar esa paridad, por ejemplo, han establecido que a las actividades concurra el mismo número de hombres que de mujeres. “Sin feminismo no hay agroecología”, se tituló su presentación, e insistió en que “la agroecología es un campo fértil para la discusión de relaciones sociales y de género”, y que así como esta corriente propone revisar los sistemas productivos, es necesario revisar las relaciones entre géneros.

Visibilidad

La Red de Agroecología comenzó hace dos años a pensar cómo trabajar los temas de género, a partir del rol que juegan las mujeres no sólo en el plano reproductivo-doméstico, sino también en el productivo, explicó a la diaria Analía Cartelle, de la Secretaría Técnica Nacional del Programa de Certificación Participativa de la Red de Agroecología. Puso el ejemplo del rol de las mujeres en el proceso de certificación, porque muchas veces ellas hacen el registro y toman las decisiones productivas, pero “en el momento de participación real están los hombres apuntalando y la mujer queda siempre relegada e invisibilizada por razones de cultura histórica”. “Los sistemas productivos agroecológicos que hoy están vigentes en Uruguay no son ajenos a la cultura patriarcal que venimos transitando como sociedad uruguaya”, reconoció. Por eso, la red está trabajando para que las mujeres valoren el lugar que ocupan. Ese mismo predominio masculino lo ha sentido Cartelle como técnica en el ámbito productivo, donde la voz femenina tiene que abrirse paso y muchas veces es desprestigiada sólo por el hecho de ser femenina.

También Federico Bizzozero, técnico de Ceuta, identificó que hay “grandes vacíos y grandes desafíos” para incorporar el tema de género en la agroecología, ámbito en el que “las reuniones siguen teniendo una inmensa participación masculina”.

Ana María Álvarez y Susana Aída, presidenta y vicepresidenta de la Asociación de Mujeres Rurales del Uruguay, son productoras de la Quebrada de los Cuervos y de Melilla, respectivamente. Ambas hablaron de los esfuerzos que hacen para que sus hijos no reproduzcan las inequidades de género. La conversación pronto derivó hacia otras situaciones, como las dificultades económicas para mantener en regla sus emprendimientos productivos, que les han permitido elaborar conservas, y los obstáculos que enfrentan a nivel nacional, en donde la productora de Treinta y Tres tiene que tramitar cuatro permisos bromatológicos para poder vender en Montevideo, porque no hay una división bromatológica unificada. Eso, y la pérdida de las semillas criollas por la contaminación de cultivos transgénicos, son parte de sus desvelos. Tienen para entretenerse.